June 2010
amount of life you exchange for it” —Henry David Thoreau
acknowledge it,
and face it squarely,
I will free myself from the anxiety of death and the pettiness of life -
and only then will I be free to become myself. ” —Martin Heidegger
Philosophy is a battle against the bewitchment of our intelligence by means of language. …
But what are the simple constituent parts of which reality is composed?
What are the simple constituent parts of a chair?
The bits of wood of which it is made?
Or the molecules or atoms? …
The fluctuation of scientific definition:
what today counts as an concomitant of a phenomena will tomorrow be used to define it.’
Ludwig Wittgenstein, 1889 - 1951
” —May 2010

“El otro por sí mismo”de Jean Baudrillard
La incertidumbre de existir y, de rebote, la obsesión por demostrar nuestra existencia, prevalecen sin duda hoy sobre el deseo típicamente sexual. Si la sexualidad es una puesta en juego de nuestra identidad (hasta en el hecho de hacer niños), ya no estamos exactamente capacitados para dedicarnos a ella, pues bastante trabajo nos cuesta salvaguardar nuestra identidad como para, además, encontrar energía para ocuparnos de otra cosa. Fundamentalmente nos interesa demostrar nuestra existencia, aunque no tenga otro sentido que ése.
(…)
Aquí, nada, salvo la extraordinaria técnica mediante la cual el artista consigue apagar todas las señales de la adivinación. Ya no queda la sombra de una ilusión detrás de la veracidad de los pelos. Nada que ver: por ello la gente se agacha, se acerca y huele este hiperparecido alucinante, espectral en su simplicidad. Se agachan para comprobar algo asombroso: una imagen en la cual no hay nada que ver.
(…)
Ahí está la obscenidad: en que no haya nada que ver. No es sexual sino real. El espectador no se agacha por curiosidad sexual, sino para comprobar la textura de la piel, la textura infinita de lo real. Es posible que en la actualidad sea éste nuestro auténtico acto sexual: comprobar hasta el vértigo la inútil objetividad de las cosas.
(…)
En muchos casos, nuestra imaginería erótica y pornográfica, toda esa panoplia de senos, nalgas y sexos, no tiene más sentido que éste: expresar la inútil objetividad de las cosas. La desnudez sólo sirve como intento desesperado para subrayar la existencia de algo. El culo no es más que efecto especial. Lo sexual no es más que un ritual de la transparencia. Antes había que esconderlo, hoy en cambio sirve para esconder la raquítica realidad, y también para participar, claro está, de esta pasión desencarnada.
¿De dónde proceden entonces la fascinación de tales imágenes? Evidentemente, no de la seducción (que es un desafío a esta pornografía, a esta objetividad inútil de las cosas). Ni siquiera las miramos, a decir verdad. Para que exista mirada, es preciso que un objeto se vele y se desvele, desaparezca a cada instante; por ello la mirada manifiesta una especie de oscilación. Por el contrario, estas imágenes no están tomadas en un juego de emergencia y de desesperación. El cuerpo ya está allí sin la chispa de una ausencia posible, en el estado de racial desilusión que es el de la pura presencia. En una imagen, determinadas partes son visiles y otras no, las visibles hacen invisibles a las otras, se instala un ritmo de la emergencia y del secreto, una línea de flotación de lo imaginario. En cambio aquí, todo resulta de una visiblidad equivalente, todo comparte el mismo espacio sin profundidad. Y la fascinación procede justamente de tal desencarnación (la estética de la desencarnación mencionada por Octavio Paz). La fascinación es la pasión desencarnada de una mirada sin objeto, de una mirada sin imagen. Hace mucho tiempo que todos nuestros espectáculos mediáticos han franqueado el muro de la estupefacción. Una exacerbación vitrificada del cuerpo, una exacerbación vitrificada del sexo, una escena vacía en la que no sucede nada, y que, no obstante, llena la mirada. También la información, o lo político: no sucede nada, y, sin embargo, nos sentimos saturados.
(…)
¿Deseamos dicha fascinación? ¿Deseamos dicha objetividad pornográfica del mundo? ¿Cómo saberlo? Sin duda existe un vértigo colectivo de huida hacia delante en la obscenidad de una forma pura y vacía, donde a la vez se juegan la desmesura de lo sexual y su descalificación, la desmesura de lo visible y su descalificación. La desmesura de lo visible y su degradación. Esta fascinación también afecta al arte moderno, cuyo objetivo es ya literalmente no ser contemplable, desafiar toda seducción de la mirada. El arte moderno sólo ejerce la magia de su desaparición.
(…)
Pero esta obscenidad e indiferencia no llevan necesariamente a un punto muerto. Pueden convertirse de nuevo en valores colectivos; vemos, además, reconstituirse a su alrededor nuevos rituales, lor rituales de la transparencia. Por otra parte, sin duda no hacemos más que interpretar la comedia de la obscenidad y la pornografía, así como otros interpretan la comedia de la ideología y la burocracia .
(…)
Desmultiplicación fractal del cuerpo (del sexo, del objeto, del deseo): vistos muy de cerca, todos los cuerpos y los rostros se parecen. El primer plano de una cara es tan obsceno como el de un sexo. Es un sexo. Cualquier imagen, cualquier forma, cualquier parte del cuerpo vista de cerca es un sexo. Lo que adquiere valor sexual es la promiscuidad del detalle, el aumento del zoom. La exorbitancia de cada detalle nos atrae, así como la ramificación, la multiplicación serial del mismo detalle. En el extremo opuesto de la seducción, la promiscuidad extrema de la pornografía, que descompone los cuerpos en sus menores elementos y los gestos en sus menores movimientos. Y nuestro deseo acude a estas nuevas imágenes cinéticas, numéricas, fractales, artificiales, sintéticas, porque todas ellas resultan de menor definición. Casi podríamos decir que son asexuadas como las imágenes porno, por exceso técnico de buena voluntad. Pero ya no buscamos en ellas definición o riqueza imaginaria, buscamos el vértigo de su superficialidad, el artificio de su detalle, la intimidad de su técnica. Nuestro auténtico deseo es el de su artificialidad técnica, y nada más.
La transparencia del mal (1989)